La observó durante toda la noche mientras dormía con un sueño agitado en su estrecha cama. Una solitaria linterna que colgaba de una de las vigas de madera de La cabaña iluminaba su figura. El tenue resplandor realzaba el cabello negro y brillante sobre la almohada, sus mejillas suaves y rosadas después del baño.
Cada vez que el mar rugía fuera, en la playa desolada, ella se revolvía en la cama. La camiseta sin mangas se le pegaba al cuerpo, de forma que, cuando la fina manta se le enrollaba alrededor, él podía ver aquel pequeño hoyuelo que se le marcaba en el hombro izquierdo. Lo había besado tantas veces antes…
A veces suspiraba en sueños, luego respiraba con normalidad, más tarde gemía desde algún lugar de sus sueños. Pero si era de placer o de dolor, eso no podía saberlo. Por dos veces, ella había pronunciado su nombre.
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